Soñamos contigo Quique, despertaremos contigo

Fieles congregados en una parroquia del valle rezaban a su Dios por una cosecha próspera el siguiente trimestre. El pan no abundaba y sus tierras, secas y estériles, clamaban diluvio. Casi nadie en toda la comarca se había perdido aquella reunión, pues los tiempos eran malos y necesitaban con urgencia revertir la situación. Se veían con el agua al cuello por la falta precisamente de agua (y alimento) y requerían ayuda divina.

El agobio y la (falta de) fe había juntado a todo un pueblo en la iglesia, algo que no ocurría con frecuencia, y tan solo unos pocos locos (así los llamaron) decidieron no caer en la tentación. Tocaba trabajar con las herramientas de casa y dejarse de peticiones ante tal panorama. Vestidos con atuendos verdi-blancos y liderados por un viejo canoso, tranquilo, directo y rebosante de confianza (tanta que causaba recelo entre la mayoría del pueblo llano y el resto de los grandes sabios de la zona), aquellos campesinos acudieron al campo fieles a su fórmula: Cuidar la tierra y esperar que esta les devolviese el favor, aunque, obviamente, entendían que la naturaleza jugaría un factor crucial.

Los resultados habían caído a su favor el último año y sus estómagos estaban llenos de alimento, pero las vacas flacas habían regresado al lugar del que una vez salieron. Hubo tiempos mejores, pero también los hubo peores.

El viejo miró a sus pupilos y les dedicó una sonrisa en la vieja casa que ahora les servía de hogar. Sabía que no le quedaba mucho tiempo entre aquellas cuatro paredes que le cobijaban y sabía que los que no hace tanto creían en su receta ahora reculaban y volvían a tomar atajos para pillar en un descuido a San Pedro. No obstante, él y sus muchachos sabían la verdad: no existen atajos hasta el cielo.

Las lluvias no llegaban y la sequía era preocupante, incluso les había amargado las dos fiestas más célebres del curso, lo que había provocado un mayor estado de nerviosismo y estrés en la comunidad. Las miradas preocupadas o recelosas de los que habían perdido la fe y habían cambiado el campo por la iglesia dolían, pero no iban a minar ni su moral ni su historia. Ellos seguían a lo suyo. Trabajando con un estilo disciplinado y metódico en el que cada hoz cumplía un papel. Esperando, con la cabeza bien alta, que el pellizco del destino jugase a su favor la próxima partida.

P.D: Gracias por tanto

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