El inconformista Jeff Clark

Como cada invierno, Jeff Clark desviaba su atención en dirección a la ventana del Half Moon Bay High School. No sabía si ese sería el día, solo que ocurriría. Eran pocos los que, por aquel entonces, habían oído hablar de mavericks, menos aun los que creían que era algo más que una quimera, ninguno el que se había atrevido a rozarlas.

Para un chico del norte de San Francisco que crece con el Golden Gate a su izquierda y una tabla de surf a su derecha, una ola gigante jamás surfeada es un imposible. Para Jeff Clark fue un desafío. Era 1972 y los guardacostas no tenían ni chalecos inflables ni motos de agua y helicópteros de rescate. Pero tampoco hacían falta, Jeff tenía osadía, empeño e ilusión. No tardó mucho en decidir que iba a ser él quién conquistara la ola que tiempo después le convertiría en una leyenda del surf.

Así fue, como con tan solo quince años y ningún amigo como adlátere, comenzó a estudiar la gran ola. No existían tablas de surf que resistieran a gigantes de 10 a 20 metros, como si el destino estuviese detrás, Jeff era hijo de carpintero y como tal, dominaba el arte de la madera. Tras fabricar su propia tabla tocó aprender a luchar.

Surfear mavericks es nadar 45 minutos a contra corriente hasta llegar a the line up (el lugar donde se cogen las olas). Es caer a la deriva en un laberinto de rocas. Eludir a los tiburones del Pacífico. Es agua gélida y marea rígida adentrándote en las profundidades durante minutos que parecen horas, creer que te diriges hacia la superficie cuando te das de bruces contra el fondo. Son bancos de niebla a modo de vendas a ciegas, por los que navegas hacia la muerte o la cima. Depender de una cuerda que te salva o te condena. Es tenerlo todo en contra, menos la confianza en ti mismo. Surfear mavericks es gastar tus reservas de suerte.

Y Jeff Clark lo hizo. No una vez, no un año, fueron quince los inviernos que surcó las olas más peligrosas él solo, como su pequeño gran secreto no omitía nunca su intrépida cita. Solo quiénes le contemplaban con sus propios ojos y quedaban cautivados por el magistral serpenteo de Jeff, eran conscientes del trascendental acontecimiento que estaba teniendo lugar en una bahía al norte de California, fuera de ahí, nadie concebía olas más monstruosas que las de Waimea (Hawai).

Ya era mayo de 1990, cuando Clark decidió compartir su secreto y así, presentar mavericks a un par de surferos locales. Dos años más tarde, la revista Surf Magazine las dio a conocer al mundo entero con un reportaje titulado “Sudor frío”. Todo el mundo del sur se trasladó al norte mientras Jeff contemplaba como un “padre orgulloso” a los tres grandes surferos de Waimea: Ken Bradshaw, Mark Foo y Brock Little, traspasar su fortaleza.

Con el paso del tiempo aumentaron los valientes en busca de altas dosis de adrenalina que se adentraban en mavericks para experimentar la sensación de pertenecer al mar, de ser parte de esa gran ola. La gran ola que a veces, se cobra su propio precio. Primero fue Mark Foo el que ya nunca regresaría a Waimea y en 2011, Sion Milosky quedó atrapado bajo toneladas de agua salada. Allí, dónde el riesgo es más eminente de lo que la mayor parte de la gente está dispuesta a aceptar, el miedo no frena a los que llevan agua de mar en la sangre, y cuentan, desde 1998 con campeonato propio que reúne a 24 de los mejores. El Premio Titans of Mavericks pasó de Darryl Virostko a Anthony Tashnick, y con Grant Baker de California a Sudáfrica. Pero la marea siempre vuelve y Nic Lamb fue la ola que el pasado mes de febrero lo acarreó de nuevo a la costa oeste de EEUU.

Todos aquellos que se dejan llevar por la magia de las olas grandes guardan en su memoria el romper del Half Moon Bay, pero no olvidan que la leyenda no es Mavericks sino Jeff Clark.

Recomendaciones: Documental RIDING GANTS (Desafiando las olas)
Foto: Red Bulletin/David Harry Stewart

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